Votar

Voto

Cada vez que escucho el manido argumento de que “si no hay religión, todo vale” me pregunto qué clase de ética o moral tiene la persona que lo esgrime. ¿Acaso si se demostrase, de alguna manera, que no hay Dios (o Cielo o Infierno) esa persona dejaría de comportarse como lo hace ahora? ¿Acaso si mañana sale el Papa y dice que todo era una broma las personas piadosas darían rienda suelta a sus bajos instintos y se pondrían a hacer tropelías? ¿Acaso necesitan que un ser invisible esté todo el rato supervisándolos para comportarse?

Quiero creer que no, pero no deja de inquietarme que no sean los mismos creyentes los que protesten ante ese argumento.

Algo parecido me sucede cuando alguien esgrime tal o cual ley para impedir que la democracia siga su curso o cuando alguien enarbola la letra de esa ley para no dejarnos cumplir con su espíritu.

Hace ya algún tiempo sentí a un energúmeno decir que la Esencia de la Democracia no eran las manifestaciones (quizá se refería al 15M, ahora no lo recuerdo) sino votar cada cuatro años. Me quedé pasmado, no ante la jeta del político de turno (que era de un partido del que nunca me ha sorprendido nada), sino ante la total ausencia de reacción por parte de los demás presentes. Busqué en vano una mirada cómplice de mi indignación y no encontré ninguna. Fue entonces cuando me quedó claro que la democracia requiere unos mínimos y que sin ellos todo lo demás da igual.

Votar es siempre, ante todo, un fracaso. Cuando votamos, invariablemente, estamos escogiendo la solución fácil (el dictado de la mayoría) frente a la solución correcta (la búsqueda del consenso).

Votar, además, se puede votar fatal. Basta con tener controlados los medios de comunicación y una sociedad convenientemente sazonada de incultura y prejuicios para que la gente se vote un tiro en el pie. Sólo así se entienden algunos resultados electorales. Sólo así se entiende que la corrupción pueda campar a sus anchas por un régimen democrático.

Así pues, votar (y estar dispuesto a aceptar un resultado adverso si se tercia), no sólo no es un alto ideal al que aspirar sino que vendría a ser lo mínimo que puede esperar uno de la civilización. El último recurso al que acogerse cuando ya no hay otras vías para el entendimiento mutuo y la empatía hace tiempo que saltó por la ventana. Votar, por lo tanto, no debe exigirse a la ligera ni celebrarse como la fiesta de la democracia. Votar es, como mucho, el consuelo de no haber llegado a las manos.

Estos días hay mucha gente pidiendo votar en Catalunya. Están decididos, están organizados y no se van a conformar con menos. Saben de sobras que votar no es la panacea y que les va a pasar factura, pero creen firmemente que no hay otro remedio y han decidido gastar la bala de plata de las urnas. A diferencia de lo que pasaba en los movimientos independentistas hace unos años, la gente que sale hoy a la calle para pedir una votación en Catalunya es de lo más variopinta. Y lo único que aglutina a esa gente es la idea clara de que la democracia, el gobierno del pueblo, está por encima de cualquier ley, de cualquier otro principio. La certeza de que es la democracia la que legitima a un gobierno o a una constitución y no al revés. La desesperación de ver que en su país la democracia es claramente deficiente. La esperanza de hacerlo mejor si empiezan de cero.

Y la respuesta que ha obtenido toda esa gente ha sido la condescendencia de quienes los creen manipulados y los insultos de quienes no entienden nada. Ni un guiño, ni un cabo al que agarrarse. Silencio cómplice, en el mejor de los casos, de aquellos que están mejor informados y que, pese a no compartir los fines, están de acuerdo en que los medios están siendo irreprochables.

España cerró en falso su último episodio de fascismo. Jamás se pidió perdón y jamás se hizo limpieza en los estamentos de poder del estado. La Transición se hizo, con miedo y prisas, dándole una mano de modernez y democracia a todo sin cambiar realmente nada. Llevamos desde el 78 rigiéndonos por una constitución y un sistema de autonomías que se votaron tras 40 años de dictadura y lavado de cerebro, con la siempre presente amenaza de un golpe de estado. Es hora de que España se refunde sobre cimientos más sólidos y acordes con los tiempos.

No sé si ese paso adelante lo dará con Catalunya o sin ella, pero tengo clarísimo que si la ciudadanía progresista de este país no aprovecha el impulso para exigir más democracia (y no menos) se habrá perdido una oportunidad de oro. Si se compra el argumento falaz de que el nacionalismo es el motor de lo que está pasando hoy en día en Catalunya se va a desperdiciar todo el trabajo hecho hasta ahora, pues no hay nada que facilite más el embrutecimiento y la manipulación de las masas que tener un enemigo común al que culpar de todos tus males.

En resumen, si queda alguien ahí afuera le recomiendo que se organice y que espabile. No sé si llegará a tiempo de salvar la indisoluble unidad de España pero quizá aún pueda legar a sus hijos un país mejor que el que encontró. Es exactamente lo mismo que estamos intentando nosotros.

BOLAEXTRA: Debido a lo caliente que está este temita me veo obligado a invitar a todo aquel que vaya a hacer un comentario a releer antes el texto para evitar malinterpretar cualquiera de mis palabras y a redactar dicho comentario con el mismo respeto y sobriedad con el que he intentado escribir yo. Cualquier cosa que se aparte de esas directrices será borrada sin más explicaciones.

Escrito en 19 dies abans por Carlos Luna en las categorías:

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