El Mito de Sísifo - Albert Camus

El Mito de Sísifo de von Stuck

Albert Camus se sumerge de lleno, con su El Mito de Sísifo, en la búsqueda del Sentido de la Vida.

Comienza el libro con una afirmación contundente: No hay sino un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.
A continuación se embrolla en una sucesión de pequeño ensayos apenas comprensibles y concluye con una metáfora que nos ha de servir de conclusión: El Mito de Sísifo.

Para Camus la vida es absurda y, en consecuencia, la única alternativa al suicidio es abrazar el absurdo en todo su esplendor. Así, enaltece la vida de aquellos que viven el presente conocedores del sinsentido que nos depara el futuro, glorifica las obras efímeras que apenas un instante después de ser finalizadas son destruidas con presteza y dignifica la profesión de los cómicos que viven la vida de sus personajes durante un breve lapso de tiempo con la misma intensidad que la suya propia dado que, en el fondo ambas vidas son igualmente absurdas.

Para entender un poco mejor la filosofía que destila Camus os dejo un fragmento del capítulo que da nombre al libro:

El Mito de Sísifo

Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante,según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor.

Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca.

Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?. El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de mas. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: “A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievsky, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroismo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. “Eh, cómo!. ¿ Por caminos tan estrechos…?”. Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo.

Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. “ Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres.

Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria.

No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

Camus fue, en este ensayo, tan pesimista como lírico.

Escrito en 15/07/09 10:18 por Carlos Luna en las categorías:

Comentarios

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1. Su destino le pertenece

2. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

¿Te parece una conclusión pesimista?

Eisenreich | 15/07/09 21:39 | #
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1.- Su destino le pertenece solo un instante y según el, al menos eso entendí. Creo que asi sacaba las energias para seguir con su pesado trabajo: “con una ilusion”.

2. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso. Creo que es ver el “lado bueno” de su situación. De ahí que diga que sea pesimista y lírica la descripción que hace Camus… quizá.

Salu2 n_n

Fabián Martín | 16/07/09 04:57 | #
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Bueno, Camus dice que la vida del hombre es absurda y por lo tanto puede apostar por su pesimismo o afirmar que es totalmente objetivo, pero en ningún caso creo que se le pueda llamar optimista.

Cuando Sísifo es feliz lo es durante un breve lapso y lo es aún teniendo en cuenta que volverá a ser infeliz en cuanto llegue al pie de la montaña. Creo que Camus hace aquí un símil de esos breves instantes de nuestra vida que nos dan pequeñas alegrías y nos permiten seguir soportando la pesada carga. Dicho de otra manera: Camus afirma que la vida es una mierda peeeeeero que los pequeños instantes de libertad que vivimos de vez en cuando compensan. Como ya he dicho… puedes llamarlo optimismo, pero es un optimismo bastante chungo…

Carlos Luna | 16/07/09 11:27 | #
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No es pesimista en ningún sentido, precisamente por eso al inicio expone que no hay mayor preocupación que un hombre que se quita la vida porque no le encuentra sentido. Camus dice: la vida es absurda y qué? Hay que ser felices mientras estamos en ella. “Las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas” No se trata de engañarse con ilusiones, es más bien cuando Sísifo recuerda a la tierra (en la que ya no está más) que es desdichado. Pero cuando asciende hacia la montaña, acepta su realidad y es dichoso en sus esfuerzos, sin engañarse ni preocuparse de que la piedra regrese. Si leemos con atención, podemos descubrir que Camus está afirmando que la vida es absurda, pero este reconocimiento permite la dicha: “no hay sol sin sombra”. Tanto la felicidad como la infelicidad son dos caras de la misma moneda; pero hay que decir sí y disfrutar el camino hacia la muerte, por corto o largo que sea: “Y hay que conocer la noche”.

Lambti | 10/01/17 20:29 | #

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